Por
Su Excelencia Reverendísima
Monseñor
William E. Lori
Obispo
de Bridgeport
19 de Marzo de 2002
No
hace mucho tiempo que, en el transcurso de una cena, alguien me
preguntó: "Cuando fue la primera vez que Usted quiso ser sacerdote?".
Sin pararme, le dije, ¡"en el segundo grado"! Espero no haberme
extendido en detalles sobre la historia de mi vocación - pero
no pude resistir contarle cómo y por qué la llamada al sacerdocio
se apoderó de mi mente y de mi corazón. Con permiso del lector,
quisiera recordar los momentos más importantes de cómo y por qué
yo quise hacerme sacerdote - y sacar de aquella historia unos
cuantos puntos esenciales acerca de la vocación al sacerdocio
y a la vida consagrada en la Diócesis de Bridgeport.
La semilla de mi vocación sacerdotal la plantó un sacerdote joven
quien, por los años cincuenta, servía en mi parroquia, Nuestra
Señora del Perpetuo Socorro en New Albany, Indiana. Dudo que él
haya sabido el nombre del estudiante de segundo grado que lo miraba
siempre tan intensamente mientras celebraba la Misa. Ante mis
ojos de niño, aquel sacerdote daba la impresión de amar lo que
estaba haciendo. Se le veía reverente y feliz. Por eso un día,
en el bus de la escuela, camino de casa, todo se aclaró: "¡Eso
es lo que yo quiero ser . . . un sacerdote!"
Naturalmente,
mis ideas sobre el sacerdocio se desarrollaron y maduraron a través
del tiempo. Consideré seriamente la vocación al matrimonio y profesiones
tales como la enseñanza, la arquitectura y las leyes. Pero la
llamada que primero vino a mi mente en el bus de la escuela, saltando
a lo largo de Scheller Lane en los años cincuenta, es la que prevaleció.
Yo estaba seguro de que Dios me estaba llamando para ser sacerdote.
Al
reflexionar con alegría y agradecimiento sobre mi llamada al sacerdocio,
me doy cuenta de cuántas personas alimentaron mi vocación durante
el proceso. Primero, y antes que todo, están mis padres que verdaderamente
son mis primeros maestros en los caminos de la fe. Ellos tomaron
(y toman) muy en serio su propia llamada a la santidad y se aseguraron
de que yo entendiese que la unión con Dios era la primera prioridad
en la vida. Mis padres nunca me presionaron o empujaron para que
me hiciese sacerdote, sin embargo me enviaron señales claras de
que estaba perfectamente bien el que yo considerase el sacerdocio
como una posible vocación. Su acercamiento balanceado fue fundamental
en mi respuesta a la llamada de Dios.
Mis
padres no estuvieron solos. La mayor parte de mis vecinos sabían
que el muchacho, que hacía tanto ruido y que se envolvía en problemas
algunas veces, quería ser sacerdote. Una familia que vivía en
frente de nuestra casa apoyó de una forma especial. El Sr. Oeffinger
(que pertenecía al Club Serra) nos llevó a un grupo de muchachos
de séptimo curso a visitar Saint Meirad Archabbey, donde había
un seminario menor. El nos animaba constantemente a pensar en
el sacerdocio. Lo que quiero decir es que muchos de los laicos
me dejaron saber que era bueno que pensase en ser sacerdote. Ellos
manifestaban un sincero aprecio por el papel que desempeñaba el
sacerdote en sus vidas y veían que era una forma muy digna de
dedicar la vida de uno.
De
todas formas, los adultos no fueron los únicos que mostraron su
apoyo a la posibilidad de la vocación sacerdotal. Mis compañeron
me apoyaron también. Por "apoyo" entiendo "tolerancia" e incluso
cierto entusiasmo! No se sentía gran presión por parte de los
compañeros contra la idea de ser sacerdote o religioso. Yo tenía
la libertad de pensar en ser sacerdote y poder decir que quería
ser sacerdote. Como otros muchos sacerdotes de mi edad, o mayores,
no tuve que vencer el obstáculo de la presión negativa de los
compañeros cuando decía que quería ser sacerdote. ¡En estos tiempos,
no ocurre lo mismo!
Pensando
en mi vocación, no puedo dejar de lado a las hermanas que enseñaban
en la escuela elemental Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, las
Hermanas Franciscanas de Oldenburg, Indiana. Por ejemplo, la Hermana
Mary Viator, que fue mi maestra de tercer grado (ella fue también
maestra de mi padre cuando estaba en sexto grado), irradiaba tanta
alegría en la clase ¡que todos los muchachos querían ser sacerdotes
y las chicas quería ser religiosas! Su maravilloso sentido del
humor, convinado con un gran talento para enseñar, produjo una
influencia tal que yo siempre he tratado de recordar. ¡Que descanse
en paz!
No
necesito decir que el sacerdote que originalmente inspiró mi vocación
ha tenido sucesores. Yo he sido muy bendecido por conocer y ser
instruído por muchos y magníficos sacerdotes - todos ellos demostraron
con palabras y hechos qué significa ser sacerdote. Uno de ellos,
el Padre John Lesousky, C.R., que me enseñó Latín en la escuela
superior, permanece siendo un amigo especial hasta el día de hoy.
Poco después de que comencé mi servicio en la Diócesis de Bridgeport,
el Padre John me llamó para ver cómo me encontraba. "¡No estoy
llamando para preguntar a cerca de los primeros 100 días del Presidente
Bush," dijo, " quiero saber sobre los 50 primeros días de Monseñor
Lori!" El es todavía mi guía, juntamente con el Obispo de Charlotte,
Monseñor William Curlin (que fue el Director de Vocaciones en
Washington cuando yo era seminarista), y el Arzobispo de Saint
Paul-Minneapolis, Monseñor Harry J. Flynn (que fue mi Rector en
el Seminario Mt. Saint Mary's). Cuando yo los conocí por primera
vez, eran sacerdotes de unos cuarenta años. Ellos imprimieron
dentro de mí la importancia fundamental de la vida espiritual
para un sacerdote. ¡No ha habido otra enseñanza más importante
que ésta!
Pero
el mentor más grande y el modelo a seguir para mí es el Cardenal
James Hickey, el Arzobispo Emérito de Washington. En la Providencia
amorosa de Dios, he tenido el privilegio de trabajar directamente
para él durante 18 años en diferentes capacidades. Si logro vivir
150 años, nunca podré terminar de asimilar lo que él me enseñó
sobre la oración, trabajo fuerte y sacerdocio. ¡El es sacerdote
de sacerdotes, y obispo de obispos.! No tengo reparo en decir
que lo llamo frecuentemente para pedirle consejo.
No
deseo extenderme con mi propia historia. Como pronto verán, he
abusado de su bondad para sentar las bases donde deseo fundamentar
unos puntos que considero muy importantes acerca de la vocación
al sacerdocio y a la vida consagrada en la Diócesis de Bridgeport.
Deseo también sugerir algunos pasos específicos que, con la gracia
de Dios, podemos tomar para desarrollar vocaciones al sacerdocio
y a la vida religiosa. Pero antes permítanme hablar del por qué
las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa son una prioridad
tan urgente.
A
punto de celebrar mi primer aniversario como su obispo y el veinticinco
aniversario de mi ordenación sacerdotal, tengo el privilegio de
compartir con ustedes un futuro prometedor, más aún, un futuro
lleno de esperanza. Dios ha bendecido a la Diócesis de Bridgeport
con muy buenos sacerdotes, diáconos, y con religiosos y religiosas
entregados. Ha bendecido la Diócesis con un saludable número de
seminaristas - 35, mientras escribo - y con la esperanza bien
fundada de un crecimiento continuo en el número de vocaciones
en los próximos años.
Sin
embargo no hay justificación para sentirse complacientes. Pregúntenle
a cualquier sacerdote. Ellos le dirán que el presbiterado (el
nombre genérico para todos los sacerdotes, diocesanos o religiosos,
sirviendo en la Diócesis) no se va haciendo nada joven. Un número
significante de sacerdotes buenos y entregados terminarán su servicio
como párrocos en los próximos años. Y, aunque yo pienso invitarlos
a servir en parroquias en otros ministerios sacerdotales, de todos
modos equipar adecuadamente de personal a nuestras parroquias
y escuelas va a suponer un gran reto en los próximos años. Añadan
a esa realidad el hecho de que la Diócesis está creciendo debido
a la llegada de nuevos emigrantes procedentes de otros países,
al mismo tiempo que áreas remotas de la diócesis se desarrollan.
El crecimiento es un problema que nos hace felices. Para que nosotros
podamos enfrentarnos adecuadamente a esta situación se necesita
tanto planificar edecuadamente como conseguir una cooperación
saludable y caritativa entre el clero, religiosos y laicos. Inevitablemente
tal crecimiento dilata los recursos y las energías de los sacerdotes
que tan fielmente sirven a la Diócesis. Ellos necesitan y nosotros
necesitamos más sacerdotes. Confio plenamente que entre estos
nuevos sacerdotes tendremos aquellos que reflejen la diversidad
de la diócesis, especialmente nuestras grandes comunidades de
hispanos, brazileños, portugueses, haitianos, vietnamitas, y laotianos.
Lo
que es cierto para el sacerdocio lo es aún más para la vida consagrada
(sacerdotes, hermanas, hermanos que pertenecen a las órdenes religiosas).
Por ejemplo, más de 400 religiosas que representan 31 diferentes
congregaciones sirven en la Diócesis de Bridgeport - en parroquias,
escuelas, residencias de ancianos, apostolados de servicios sociales
y otros muchos ministerios. Estamos bendecidos de contar con tres
Casas-Madre en nuestra Diócesis (la Congregación de Notre Dame,
en Ridgfield; School Sister of Notre Dame, en Wilton; las Hermanas
de la Sagrada Familia de Nazareth, en Monroe). Hay seis institutos
religiosos de hombres sirviendo en parroquias de la Diócesis de
Bridgeport, en el campo de la educación o en otros ministerios.
Sin excepción, todos estos institutos religiosos de hombres y
mujeres están en urgente necesidad de vocaciones, si es que van
a continuar en los próximos años.
En una palabra, las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada
son una extremadamente urgente prioridad para la Diócesis de Bridgeport.
Las vocaciones son una muy especial preocupación mía - pero yo
no puedo esperar solucionar esta gran preocupación sin la ayuda
y la cooperación de todos y cada uno de los miembros de la Diócesis
de Bridgeport. Ésa es la razón por la cual les conté la historia
de mi propia vocación al comienzo de esta carta. Es una simple
ilustración de cómo toda la Diócesis - bajo la inspiración del
Espíritu santificador - puede unirse para desarrollar vocaciones
al sacerdocio y a la vida consagrada. Con la comprensión de todos
ustedes, ahora voy a sacar cuatro lecciones que creo se contienen
en la historia de mi vocación, seguidas de siete pasos que nosotros
podemos seguir para promover vocaciones.
CUATRO
LECCIONES
Lección Primera: Lo Primero es la Vocación Universal a la Santidad.
Conectada
a la historia de mi vocación está la verdad de que mis propios
padres se tomaron muy en serio su llamada a la santidad - su llamada,
como miembros de la Iglesia, a participar en la vida de la Unidad
de Dios, Padre Hijo y Espíritu Santo. Ese referencia no es algo
a parte. Es un punto crucial. Naturalmente que mis padres serían
las últimas personas del mundo en presumir de haber conseguido
la santidad - pero durante los 55 años de matrimonio han vivido
activamente su fe, y han hecho de la oración en familia una prioridad.
Cooperando con la gracia de Dios, ellos han sabido hacer llevar
a su oración diaria los problemas y sacrificios que han tenido
que confrontar en sus vidas. (Déjenme añadir que a ellos nos les
gustaría leer este párrofo y sin duda objetarían por haberlo incluído
en esta carta pastoral. ¡Ha sido un riesgo que he tenido que correr.
Pero no es la primera vez que he tenido problemas!).
Estoy
seguro que todos entienden la razón de haber citado el buen ejemplo
de ellos. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa nacerán
en las familias, en las parroquias y en las escuelas que tomen
en serio la santidad. En su carta a la Iglesia en el nuevo Milenio,
Novo Millennio Ineunte, el Papa Juan Pablo II reta a cada
miembro de la Iglesia a contemplar el rostro de Cristo como la
fuente de energía espiritual, entusiasmo y crecimiento en santidad.
El Papa escribe: "No tengo reparo en decir que todas las iniciativas
pastorales deben estar en relación con la santidad." (Novo Millennio
Ineunte, 30, pg.42). Cada persona, en cada vocación, en cada profesión,
en cada estado de vida, está llamada a la santidad. Y todos nosotros,
si de verdad queremos que Dios nos bendiga con vocaciones al sacerdocio
y a la vida religiosa, debemos responder con ansia a esta llamada,
con el poder del Espíritu Santo.
Lección
Segunda: La Oración es crucial para la Santidad y para las Vocaciones.
Muchas
personas contribuyen a la educación al sacerdocio y a la vida
consagrada. En mi caso personal, como en otros muchos casos, fue
una combinación de laicos, religiosas y sacerdotes. Pero la mayoría
de los que recuerdo que me animaban tenían una cosa en común:
oraban. Eran personas ocupadas que iban a Misa fielmente cada
Domingo, y con frecuencia entre semana. Leían las Escrituras,
rezaban el Rosario en sus casas, y pertenecían a grupos de oración.
Los religiosos que tuvieron influencia en mí llevaban un horario
y estilo de vida de rigurosa oración y sacrificio. Y los sacerdotes
que me atrajeron más hacia el sacerdocio fueron y son hombres
para quienes su vida de oración y los sacramentos constituían
una verdadera prioridad.
La
lección aquí está en que la santidad de parte de todos nosotros
es decisiva para fomentar las vocaciones. No hay forma de ser
santos sin oración - sin una comunicación diaria y continua con
el Dios Trino de cuya vida ya hemos comenzado a participar. Como
individuos y como Pueblo de Dios unido, la oración nos arrastra
a una unión más profunda con la vida de la Trinidad. Más aún,
si de verdad queremos vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada,
tenemos que orar por ellas. Más aún, tenemos que ser hombres y
mujeres de oración diaria continua, centrada entorno a la Eucaristía
del Domingo, y purificada por la recepción frecuente del Sacramento
de la Penitencia. Permítanme observar que una de las razones por
lo cual la Diócesis de Bridgeport tiene un buen número de vocaciones
es el apostolado de la oración ante el Santísimo Sacramento las
veinticuatro horas del día, en la capilla del Seminario-Residencia
Saint John Fisher. Desde que se inició ese apostolado en el año
1995, 36 sacerdotes han sido ordenados para la Diócesis de Bridgeport.
¡La oración es fundamental para las vocaciones!
Lección
Tercera: Apreciar el Sacerdocio y la Vida Consagrada.
En
su carta al principio del Nuevo Milenio Cristiano, el Papa Juan
Pablo II nos insiste a todos a escuchar atentamente la Palabra
de Dios revelada en las Escrituras y en la Tradición de la Iglesia.
Cuando escuchamos la Palabra de Dios y estudiamos la enseñanza
de la Iglesia, descubrimos continuamente la profundidad, la riqueza
y la belleza de la fe en la que hemos sido bautizados. Y comenzados
a apreciar a todos aquellos que nos enseñaron a amar a Dios y
a crecer en el conocimiento y aceptación de todo lo que la Iglesia
cree y enseña.
Aquellos
que me ayudaron en mi camino hacia el sacerdocio fueron en su
mayoría de ellos hombres y mujeres que conocían y amaban su fe.
La mayor parte de ellos no se consideraban expertos en teología,
pero eran personas que entendían la Eucaristía como el centro,
y el papel único del sacerdote en la Misa y en la vida sacramental
de la Iglesia. Y al mismo tiempo que entendían claramente que
los sacerdotes son seres humanos que se pueden equivocar y tienen
defectos, esos mismos que me me inspiraron a ser sacerdote amaban
el sacerdocio y lo consideraban una noble vocación. Si no fuera
así, ¿por qué el Sr. Oeffinger iba a dedicar tantos Sábados en
llevar a muchachos inquietos de séptimo año a la Archiabadía de
San Meinrad? ¿Por qué, si no, mis propios padres me iban a decir
que les agradaba que yo me hiciese sacerdote? Ellos amaban al
sacerdote y amaban el sacerdocio.
Mis
padres y todas las demás personas que apoyaron mi vocación veían
el sacerdocio más que un trabajo y más que una función. Sin usar
necesariamente el lenguaje de los teólogos, aquellos que me ayudaron
a llegar a ser sacerdote sabían que el sacerdocio es una auténtica
participación del mismo sacerdocio de Jesucristo. Este inmenso
regalo es concedido al sacerdote, pero no porque sea más digno
que los demás. Es concedido solamente para que pueda servir a
la Iglesia haciendo verdaderamente presente las palabras y los
hechos salvadores de Jesús, especialmente su muerte y resurreción
salvadora, a aquellos a quien sirven.
Como
escribe el Papa Juan Pablo II: "Por la consagración sacramental,
el sacerdote es configurado con Jesucristo como cabeza y pastor
de la Iglesia, y es adornado con un poder espiritual que es compartir
la autoridad con la cual Jesucristo guía a la Iglesia a través
del Espíritu Santo." (Pastores Dabo Vobis, 21, p. 41.)
El Papa puntualiza que la "autoridad" de Jesús coincide con el
don total de Sí mismo por la salvación del mundo. Esto está en
el corazón del Sacramento de las Órdenes Sagradas. El sacerdote
está identificado sacramentalmente con Cristo que dio su vida
por nuestra salvación. Si vamos a promocionar vocaciones, es necesario
que entendamos y apreciemos la identidad y misión especial del
sacerdote.
Lo
mismo aplica para la vida consagrada. Los religiosos y religiosas
- hermanas, hermanos y sacerdotes que pertenecen a órdenes religiosas,
lo mismo que otros en la vida consagrada - merecen nuestro respeto,
apoyo y estima. Hace pocos años, cuando yo todavía servía en Washington,
tuve el privilegio de introducir en una parroquia a un grupo de
hermanas que iban a servir en una escuela elemental que se acababa
de abrir. Según nos acercábamos a la iglesia, la Superiora General
me preguntó: "Sr. Obispo, ¿cree Usted que estos feligreses acogerán
a mis hermanas?" Cuando yo presenté a la Madre y a las Hermanas
a la comunidad parroquial, hubo un aplauso largo y espontaneo,
seguido de una ovación, puestros en pie - y esto de una parroquia
muy joven y con muy poca exposición a la vida religiosa.
Bien,
esto no nos debe sorprender. La vida consagrada ha sido siempre
parte de la vida de la Iglesia. Desde los primeros años de la
Iglesia, la vida de la comunidad cristiana fue enriquecida por
hombres y mujeres, vírgenes y ascetas, que eligieron libremente
dedicar sus vidas enteramente a la oración, a la penitencia, a
la limosna y a las obras de caridad - tales como visitar a los
enfermos y cuidar a las viudas y a los huérfanos. Bien permaneciendo
dentro de la comunidad parroquial o retirándose a las comunidades
monásticas, bien por medio de organizaciones privadas u órdenes
religiosas organizadas, o incluso en la vida contemplativa, estos
hombres y mujeres siguieron el consejo de San Pablo de abandonar
el matrimonio y "centrarse en las cosas de Dios, buscando la santidad
en el cuerpo y en el espíritu" (1Cor. 7:34). La Iglesia valora
el testimonio cominitario de la santidad de aquellos que abrazan
la vida consagrada seguiendo los consejos evangélicos (votos)
de castidad, pobreza y obediencia.
Conocemos
con frecuencia la vida consagrada a través de la entrega dedicada
de aquellas mujeres y hombres que dedican su vida religiosa a
ministerios tales como la evangelización y educación de la juventud,
el cuidado de los enfermos y de los pobres, y otros muchos. La
Iglesia en los Estados Unidos y en la Diócesis de Bridgeport tiene
una deuda incalculable de agradecimiento a los religiosos y religiosas
que organizaron una red magnífica de escuelas y facilidades de
cuidados médicos. La baja en el número de religiosos y religiosas
debería ser un motivo de preocupación para todos nosotros, no
solamente porque hay pocas religiosas, religiosos y sacerdotes
religiosos para servir a aquellos que están en necesidad, si no
también porque nosotros dependemos de ellos como testigos de la
santidad, y necesitamos de sus oraciones en nuestro compromiso
y lucha por seguir al Señor.
Ciertamente
se oye algunas veces decir que no deberíamos preocuparnos por
la disminución en el número de sacerdotes y religiosos, ya que
ahora el laicado está en ascendencia. Algunos, incluso, van más
allá sujiriendo que la baja en número de sacerdotes y religiosos
es simplemente una etapa que debemos de pasar para que la Iglesia
consiga una madurez completa. ¡Qué pobre visión es ésta de la
Iglesia! Déjenme asegurarles que el alza del laicado no depende
de la caída de ningún otro grupo en la Iglesia. Las vocaciones
en la Iglesia no compiten, se complementan. Esto es lo que San
Pablo trata de decirnos cuando habla acerca de la Iglesia como
"un cuerpo con mucho miembros." Un laicado más envuelto y activo
necesita aún más del alimento espiritual que la vida sacramental
de la Iglesia provee por medio del ministerio de los sacerdotes.
Ambos, el clero y los laicos, deberían mirar a los hombres y mujeres
en la vida religiosa buscando inspiración y fuerza para en su
aspiración a la santidad.
Lección Cuarta: No Interferir.
La
Madre Teresa decía con frecuencia que su trabajo principal era
no interferir en la obra del Señor. Ella quería ser un instrumento
del Señor; no una fuente de interferencia. Si vamos a promocionar
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, cada uno de nosotros
debemos pedir la gracia para no interponernos en el plan de Dios.
Nunca podré acentuar suficientemente la actitud de mis padres
en mi vocación. Ni empujaron ni sujetaron. Ellos decían siempre,
"Si esto es a lo que te llama el Señor, estamos de acuerdo." Yo
sabía que siempre podría escoger otro camino sin que ellos se
sintieran decepcionados. Pero también sabía que serían muy felices
si yo fuera sacerdote. ¡Y lo son!
El
punto es que ustedes y yo debemos crear las condiciones en donde
los jóvenes tengan la libertad de responder a la gracia de la
vocación al sacerdocio o a la vida religiosa.
Esta
libertad no existe o es severamente limitada cuando los padres
activa o pasivamente se oponen a las vocaciones al sacerdocio
o a la vida consagrada porque quieren que sus hijos o hijas consigan
éxitos mundanos o les den nietos. Esos padres corren el riesgo
de interferir, no en una mera elección vocacional, sino en la
misma voluntad de Dios. Recuerden que es Cristo quien llama al
sacerdocio y a la vida religiosa. Es Cristo quien dice al joven
o a la joven: "¡Ven y sígueme!" (Jn.1:39) Es Cristo el que entabla
un diálogo con el joven a cerca de una forma muy especial de seguirlo.
Sin minimizar ninguno de los sacrificios, controversias o problemas
a los que los sacerdotes, y los religiosos y religiosas se enfrentan,
hago una llamada a los padres para que les hagan saber a sus hijos
que es totalmente aceptable para ellos considerar la vocación
al sacerdocio y a la vida religiosa.
Nuestras
escuelas católicas y los programas parroquiales de educación religiosa
deben también animar a los jóvenes, y ofrecerles un clima de libertad
donde puedan discernir si Dios los llama o no al sacerdocio o
a la vida consagrada. Yo siempre estaré agradecido a la enseñanza
sobre el sacerdocio y el apoyo a seguir la vocación sacerdotal
que recibí de las religiosas y de los maestros laicos que me educaron
en la escuela elemental de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
Las escuelas y los programas de educación religiosa deben trabajar
juntos con los padres en la formación religiosa de los jóvenes.
Una aparte importante de la formación religiosa es equipar a los
jóvenes para que conozcan y escuchen en sus vidas la voz del Señor.
Ellos son llamados no solo a la santidad sino también a una vocación
específica. Les ayudamos a discernir esa vocación evangelizándolos
(tocando su corazón con la Persona de Cristo y el mensaje del
Evangelio) y catequizándolos (es decir, dándoles una enseñanza
de la fe completa y sistemática). El currículo de la religión
para estos años de formación debe incluir la instrucción sobre
las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. No existe
un sustituto para el envolvimiento personal por parte de los sacerdotes
y religiosos en la formación religiosa de los jóvenes. ¡Su testimonio
de fidelidad gozosa es decisivo! Es muy importante que todas las
escuelas católicas y todos los programas de educación religiosa
acojan al Director de Vocaciones de la Diócesis y apoyen iniciativas,
tales como charlas vocacionales, talleres sobre la vocación, u
otros programas similares.
Estos
esfuerzos tienen otra ventaja, crítica para fomentar vocaciones.
Ayudan a disminuir la presión de los amigos, que hace muy difícil
que el joven pueda abrir su corazón a la vocación religiosa. Cuando
los estudiantes conocen y están bien informados sobre el sacerdocio
y la vida consagrada, y cuando son bendecidos con la presencia
y el ejemplo de sacerdotes y religiosos entregados que son auténticos
modelos, entonces estarán más dispuestos a respetar y aceptar
a sus compañeros que se sienten atraídos hacia el sacerdocio o
hacia la vida consagrada. Los padres, los directores de las escuelas,
los directores de la enseñanza religiosa, los catequistas, y los
ministros de la pastoral juvenil, todos ellos tienen una función
que desempeñar que es influir en los jóvenes para que respeten
y admiren a sus compañeros que están considerando una vocación
religiosa.
Finalmente,
pero no menos importante, es el apoyo y el ejemplo que los sacerdotes
y religiosos den a los jóvenes. Al comienzo de esta carta, les
cité el ejemplo de sacerdotes que han sido, y aún son, una gran
influencia en mi vida. La verdad es que no conozco ningún sacerdote
que no haya sido influenciado por la espiritualidad, la fidelidad,
la devoción y la alegría de otros sacerdotes. Muchos religiosos
y religiosas pueden contar historias semejantes: con frecuencia
se sienten atraídos hacia institutos religiosos porque conocieron
miembros de esos institutos que vivían la vida consagrada con
total entrega y servían la misión de la Iglesia con generosidad.
Al leer los signos de los tiempos, es importante para nosotros
- como sacerdotes y personas consagradas saber que los jóvenes
se sentirán atraídos al sacerdocio y a la vida religiosa en la
medida en que vivamos la vida con fidelidad y alegría. Debemos
tomar en serio y de corazón nuestra vida espiritual, seguros de
que una santidad sincera es fundamental para nuestro servicio
pastoral. Lejos de ocultar los elementos distintivos de nuestra
vocación - incluyendo nuestra forma de vida y de espiritualidad
que es propia de ella debemos hacerlos ver. Necesitamos ser quien
somos para poner nuestros dones al servicio de los laicos, y poder
atraer a los jóvenes a esta vocación especial de servicio.
Me
tomo esta oportunidad para dar las gracias a los cientos de sacerdotes
verdaderamente entregados y a los religiosos y religiosas que
sirven con fidelidad a la Diócesis de Bridgeport. Durante este
mi primer año de servicio, he tenido la oportunidad de conocer
a muchos de ustedes. Me comprometo a estrechar más aún los lazos
de fe, espiritualidad y servicio que nos unen. Y cuento con ustedes
para que trabajen conmigo en esta misión crítica de promover vocaciones
al sacerdocio y a la vida consagrada. No les pudo explicar cuánto
me anima cuando ustedes me presentan un joven que está considerando
su vocación religiosa, o cuando ustedes responden favorablemente
a las invitaciones para asistir a las cenas vocacionales, que
promuevo periódicamente.
SIETE
PASOS
Gracias
por haber considerado las cuatro lecciones que yo saqué de la
historia de mi propia vocación. Si esas lecciones son válidas,
entonces nos tienen que llevar a la acción, la acción que comienza,
se sostiene y termina con la gracia de Dios. Por eso les ofrezco
aquí una serie de pasos de acción que podríamos dar para que,
juntos, animemos de verdad las vocaciones al sacerdocio y a la
vida religiosa en la Diócesis:
1.
Invito a todos los Católicos en la Diócesis de Bridgeport a
dedicar algún tiempo cada día a la oración por las vocaciones.
Podemos estar seguros de que la oración personal y las oraciones
hechas en familia, pidiendo por las vocaciones, darán, con la
Providencia de Dios, frutos abundantes.
2.
Ruego encarecidamente a todos los Católicos del Condado de Fairfield,
que disfrutan de buena salud que, se abstengan de comer carne
todos los Viernes del año como un sacriificio personal, libremente
elegido, para pedir por las vocaciones.
3.
Invito, a quienes deseen hacerlo, a ayunar periódicamente para
orar por las vocaciones. Practicamente hablando, esto puede
tener la forma de limitar las propias comidas al desayuno y
al almuerzo, y abstenerse de tomar algo entre comidas. El ayuno
y la oración siguen siendo parte fundamental de la vida cristiana.
4.
Pido a cada sacerdote y párroco de la Diócesis de Bridgeport
que incluyan en las Oraciones de los Fieles en cada Misa una
petición específica por el aumento de vocaciones al sacerdocio
y a la vida religiosa, especialmente en esta Diócesis.
5.
Hago una llamada a cada parroquia y a las instituciones religiosas
para que tengan Exposición y Adoración del Santísimo Sacramento
en aquellos tiempos e intervalos que se juzgue son más apropiados
para la finalidad explícita de promover la oración por las vocaciones.
Muchas parroquias ya lo están haciendo, por lo cual deberíamos
estar todos agradecidos.
6. Pido encarecidamente a los padres que hablen a sus hijos
de una forma positiva a cerca de la posibilidad de la vocación
al sacerdocio y a la vida religiosa. Déjenles saber a sus hijos
que ustedes están abiertos a esa posibilidad.
7.
Pido a todos los Católicos de la Diócesis de Bridgeport, especialmente
a aquellos envueltos en algún ministerio de la Iglesia, que
den su apoyo de corazón a los programas de promoción vocacional
organizados por la Oficina Diocesana de Vocaciones y por el
Seminario-Residencia Saint John Fisher, y por tantas comunidades
de vida consagrada localizadas en el Condado de Fairfield. Estos
progrmas incluyen, entre otros, días de reflexión, cenas vocacionales,
retiros, y el recientemente organizado Vocare Club que se reúne
mensualmente en el Seminario. Este Club pretende llegar especialmente
a los jóvenes en la escuela superior. Ya está dando frutos -
tres de los seminaristas actuales han llegado al seminario provenientes
de la Escuela Católica Superior.
CONCLUSIÓN
En su reto del nuevo milenio, el Papa Juan Pablo II repite las
palabras de Jesús: "Duc in altum" - esto es "Lleva la barca a
la parte honda del lago, y echen allí sus redes, para pescar."
(Lc. 5:4). Jesús nos ordena a cada uno de nosotros a echar las
redes en las aguas profundas de nuestro tiempo y, con su fuerza,
pescar los corazones, las mentes, y las almas de innumerables
personas que andan buscando a Dios y que se sienten atraídos por
la verdad y la belleza del Evangelio. Yo dediqué mi primera carta
pastoral a la evangelización, como la primera y más importante
misión de la Iglesia. La segunda carta ha acentuado el papel importante
e irremplazable que los sacerdotes y los religiosos desempeñan
en la misión que tiene la Iglesia de proclamar el Evangelio y
de arrastrar a todos a participar en la vida del Dios Trino.
Termino esta reflexión simplemente con una palabra de profundo
y sincero agradecimiento para todos ustedes, que me han acogido
con tanto calor en este mi primer año de servicio como Obispo
de Bridgeport. Si todavía no lo saben, estoy encantado y agradecido
de que el Santo Padre me haya encomendado esta Diócesis magnífica.
¡Pero yo no puedo servir en un esplandor solitario! ¡Qué importante
es que todos nosotros estemos unidos en una misma fe y en la misión
que el Señor le encomendó a su Iglesia! ¡Qué importante es que
trabajemos juntos para edificar la Iglesia - cada uno de nosotros
sirviendo en caridad y amor!
¡Que
el Señor los mantenga en su amor!
(Traducido
al español por Monseñor Aniceto Villamide, Párroco de la Iglesia
de San Pedro, Bridgeport, y Vicario Episcopal para los Hispanos
en la Diócesis de Bridgeport.) v